Reflections by Corina Garcia-Reyes
Cuando mi compañera de trabajo me invitó a escribir sobre el duelo migratorio, pensé que sabía exactamente lo que quería decir.
Pero, en lugar de eso, me encontré haciéndome preguntas que no había pensado desde hacía mucho tiempo.
Me mudé de Guatemala a Estados Unidos cuando tenía 27 años. Mi historia es una de elección y oportunidad. También sé que mi experiencia no refleja el camino de tantas personas que han tenido que dejarlo todo atrás para sobrevivir.
Y aun así, no podía ignorar el duelo que vino con dejar mi hogar.
Migrar cambió mucho más que mi dirección. Cambió mi relación con mi familia, con mi idioma, con mis tradiciones e incluso con mi identidad. Dejé a personas que quiero profundamente, lugares que me eran familiares y una versión de mi misma.
Con el tiempo comprendí que el duelo no siempre llega con la muerte. A veces llega con el cambio, con la distancia y con ese momento silencioso en el que una se da cuenta de que la vida ha seguido adelante en dos lugares al mismo tiempo.
Para mí, el duelo migratorio ha sido un proceso continuo de aprender a soltar, de seguir sosteniendo aquello que amo y de resignificar la palabra hogar.
Trabajar en The Children’s Room ha profundizado esa comprensión de maneras que nunca imaginé.
Cada niño, niña y adolescente que cruza nuestras puertas está viviendo el duelo por la muerte de una persona importante en su vida. Esa pérdida es profunda y cada historia es distinta. Algunas de las familias con las que trabajo también han vivido procesos migratorios, barreras de idioma o la separación de familiares y comunidades que aman. Otras han vivido toda su vida en el mismo lugar. Sus circunstancias son diferentes, pero cada niño llega con una historia que merece ser escuchada y acompañada con cuidado y respeto.
Lo que mi propia experiencia migratoria me enseñó es que todas estas vivencias son diferentes.
Me enseñó algo mucho más sencillo.
El duelo transforma la manera en que nos vemos a nosotros mismos. Cambia nuestro sentido de pertenencia. Nos invita a aprender a construir una vida alrededor de una ausencia, mientras seguimos llevando el amor con nosotros.
Los niños, adolescentes y familias a quienes he tenido el privilegio de acompañar me han mostrado una valentía extraordinaria. He visto a jóvenes hablar con naturalidad sobre la muerte de sus padres, hermanos y cuidadores. Los he visto reír juntos apenas unos minutos después de compartir algunos de los momentos más difíciles de sus vidas. Los he visto descubrir que no son los únicos que cargan una pérdida que a veces parece imposible de explicar a sus compañeros de clase o a sus amistades.
Una y otra vez me recuerdan que seguir adelante con el duelo no significa dejar atrás a la persona que murió.
Significa encontrar nuevas maneras de seguir llevándola con nosotros.
Esa idea me resulta profundamente familiar.
Quienes migramos solemos llevarnos pedazos de nuestro hogar: las recetas de la familia, la música, el idioma, las tradiciones, las fotografías y las historias. Algunas personas recrean esas tradiciones en un nuevo lugar. Otras las mezclan poco a poco con nuevas costumbres. El hogar deja de ser un lugar fijo y empieza a expandirse.
Con el tiempo he encontrado algo muy parecido en las familias de The Children’s Room.
Siguen celebrando cumpleaños. Preparan las comidas favoritas de la persona que murió. Comparten historias. Se ríen al recordar anécdotas. Encuentran maneras de seguir hablando de quienes ya no están físicamente presentes, porque el amor no desaparece con la muerte.
Esas tradiciones cambian de una familia a otra, pero todas responden, en el fondo, a la misma pregunta:
¿Cómo sigo llevando conmigo a la persona que extraño?
Quizá eso es lo que tanto la migración como el duelo me han enseñado.
No que todas las pérdidas sean iguales, sino que toda pérdida nos transforma. Nos invita a descubrir quiénes somos ahora, mientras honramos a las personas, los lugares y las historias que seguimos llevando con nosotros.
Trabajar en The Children’s Room me ha recordado que el duelo de cada niño y adolescente merece ser recibido con curiosidad en lugar de suposiciones, y con compasión en lugar de comparaciones.
Cada historia es distinta.
Cada pérdida es distinta.
Y cada niño, adolescente y familia merece un lugar donde todas esas partes de su historia sean bienvenidas.
About This Series: 30 Years, 30 Stories is an ongoing collection of reflections from the community that has shaped The Children’s Room over the past three decades. For 30 years, all of our services have been offered free of charge to grieving children, teens, and families thanks to the generosity of our community. Learn more or support our work at childrensroom.org.



